domingo, septiembre 11, 2016

Amor de padre

El télefono sonaba en la noche y la niña salía corriendo de su pieza, casi volando, sorteando obstáculos como el sillón, la estufa, el colgador con ropa y las plantas que su madre estratégicamente colocaba antes de llegar a la mesita donde estaba el aparato.

"Papá dame permiso pa ir a una fiesta?"- deslizaba toda nerviosa cuando colgaba.

El padre acostado en su cama, la miraba por sobre los lentes y el humo de su vigésimo cigarrillo, su:
"-No, no vas"-Fue tan rotundo que taladró su adolescente corazón.
"- Pero porquéeeeeee???, me acaba de invitar el niño que me gusta poh.", preguntaba la niña, estallando en llanto, drama, desolación y caos.
Su padre la miraba impasible dando una calada más al cigarrillo:
"Hija, también fui cabro y teníamos una lista de chiquillas para invitar a salir. Si te está llamando casi a las 12 de la noche, puedes identificar en qué lugar estás de esa lista?".
La niña dejaba de hipar, abría sus ojos grandes y tragaba todo su orgullo.
El muy pesado tenía razón.

Su padre le habló de sexualidad, de usar preservativos ("En estos tiempos es obligación, cabra"), de pololear mucho y enamorarse poco.
Y que existen dos tipos de mujeres "Las pa casarse y las pa huevear, usted decida cual quiere ser -pero siempre- la mejor".

Su padre no entendía eso de "atracar,agarrar,andar,lo que sea, hágalo piola y con cabros que no sean amigos, ni parientes entre sí, usted nomás va a quedar como bataclana".
Aunque el término acá era otro, sabemos.

La niña llegaba llorando a su pieza y se recostaba en su gran panza para contarle si peleaba o si descubría al chico que le gustaba con otra niña. "Búsquese uno que no le de susto que usted no sea tonta. Punto", ordenaba perentoriamente.
Pero ella no siempre le hizo caso.

A él recurría y no a sus amigas, para hablar de amor, de dudas existenciales, de entender que pasaba con sus emociones. Él jamás la engañó con cuentos de eternidad, príncipe azul, amor de pajaritos y fidelidad "Si la dejaron de querer no hay nada que hacer, nada que apelar" era (como buen abogado) su inamovible sentencia.
No fue un santo, sabía de lo que hablaba.
No se le daba la charla melosa ni acorazonada, no adornaba absolutamente ninguna frase y en más de una ocasión fue rudo y casi cruel:
"Si usted no es la elegida es porque usted no sabe elegir bien".

Hoy (si viviera) le diría a la niña: "Quédate con quien no mire tanto su weaíta de teléfono", "Quédate con quien te haga reir", "Tan dura que salió de cabeza, Carroll Baker por la cresta", "Es triste, pero hay que saber perder, ya pasará".

La niña, hoy mujer, le agradece su honestidad brutal, que a la buena se consigue más que a la mala, que el humor es la base de todo, que las cosas se dicen respetuosamente pero sin disfraces ni eufemismos y de frente -jamás- de costado y que la gente no cambia solo se vuelve una nueva o vieja versión de si misma.
Que siga (a su poco ortodoxa manera) dándole pistas, con pequeñas sutilezas, pequeños signos que muchas veces no quiso ver y siguió de largo.
Pero por sobre todo, muy profundamente le agradece, las señales que aún le envía para que salga de donde no debe estar y -menos aún- volver.

Siempre el muy pesado, tuvo y sigue teniendo razón.


(Ya son 19 once de septiembre sin ti)